lunes, 20 de julio de 2009

EL SUEÑO DE UN HOMBRE RIDÍCULO... Dostoyevski



SOY un hombre ridículo. Ahora me llaman loco. Esto

representaría un ascenso de categoría si no continuara

siendo tan ridículo como antes para la gente. Sin embargo,

ahora ya no me enfado, todo el mundo me parece

simpático y diría que más aún cuando se ríen de mí. Yo

mismo me reiría con los demás, no por querer reírme de

mí, sino por amor a ellos. Lo haría si al contemplarlos

no me causaran tanta pena. Me entristecen, porque no

conocen la verdad y yo sí la conozco. ¡Qué duro, ay, ser

el único en conocer la verdad! Pero cosa es ésta que no

comprenderán. No, no la comprenderán.

Antes me molestaba mucho parecer ridículo. No lo

parecía, lo era. Me ridiculizaban siempre, lo sé quizá

desde mi propio nacimiento. Quizá lo supe a los siete

años. Estudié en la escuela; más tarde, en la universidad.

Cuanto más estudiaba, tanto mejor sabía que era ridículo.

Al final resultó que toda mi ciencia universitaria

existía como quien dice para demostrarme y ponerme

en claro, a medida que progresaba en mis estudios, que

yo era ridículo. En la vida me ocurrió poco más o menos

lo mismo que en la ciencia. De año en año adquiría

más plena conciencia de mi ridiculez en todos los sentidos.

De mí se reía todo el mundo, se reían siempre. Una

cosa, sin embargo, no sabía ni adivinaba nadie, y consistía

en que si había en la Tierra un ser que comprendiera

que yo era ridículo, este ser era yo. Nada más lamentable

para mí que este hecho, es decir, que no lo supieran, a

pesar de que yo mismo tenía la culpa de ello, pues fui

siempre tan orgulloso, que nunca quise reconocerlo. Con

los años aumentaba mi orgullo, y si por casualidad hubiera

reconocido ante una persona, quienquiera que fuese,

mi condición de hombre ridículo, me parece que en

seguida, la misma noche, me habría saltado la tapa de

los sesos con un disparo de revólver. ¡Oh, cuánto sufrí

en mi adolescencia temiendo no poder resistir por más

tiempo y confesar mi ridiculez en un momento de debilidad

a algún camarada! Pero desde que llegué a joven

aunque cada año iba adquiriendo un mayor conocimiento

de mi horrible condición, fui volviéndome, sin saber

por qué, más tranquilo. Realmente, sin saber por qué……